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Los planes de Bioceres tras su desembarco en Wall Street

Hugo Sigman, el mayor accionista individual de la firma, dice que tendrán trigo y soja resistentes a la sequía y a los suelos salinos.

Bioceres, una empresa que comenzó a imaginarse en el dramático 2001 y que hoy es vanguardia en la tecnología que se aplica en el campo, acaba de aterrizar en la Bolsa de Nueva York. Será la firma argentina número 20 en Wall Street y es la primera de biotecnología de la región en cotizar en la bolsa. La crearon veintitrés socios que pusieron de su bolsillo US$ 600 para dar forma a un modelo que une la academia, el sector privado y el Estado, en plena cooperación. Hoy son 308 socios de una compañía que reinvierte todas sus utilidades. Bioceres llega a la bolsa de la mano de otra cotizante y pasará a llamarse Bioceres Crop Solutions, donde cinco de los siete directores serán argentinos.

Hugo Sigman posee el 5% de las acciones de Bioceres, un porcentaje que lo transforma en el principal accionista individual. Sigman es un empresario bastante atípico para los parámetros de la Argentina. Médico y doctor en Psiquiatría de profesión, no proviene del establishment tradicional; su grupo económico, que en 2017 se ubicaba en el top ten, se originó a partir de la familia de su mujer, la bioquímica Silvia Gold, que durante el exilio político de la pareja en Madrid en los años de plomo, desarrolló la venta de un analgésico muscular. El conglomerado de empresas de Sigman es muy diversificado, ya que lidera con Insud en el negocio farmacéutico local, con Chemo es uno de los principales jugadores en España y en Rusia y posee establecimientos agropecuarios de punta que arrancaron en 1998, con énfasis en el mejoramiento genético. Aquí algunos tramos del diálogo de Sigman  con el Económico.

 
Bioceres confirmó su llegada a la bolsa de Wall Street
 

—Bioceres logró llegar a Wall Street vía la compra de otra firma, ¿cuál es la importancia de este paso?

—La salida de Bioceres es un gran estímulo para todos los emprendedores que trabajan en la sociedad del conocimiento. Hasta ahora salieron las empresas de ecommerce o las industriales. Con Bioceres salen activos vinculados a agroinsumos: Rizobacter, Bioceres Semillas, y la tecnología hb4 (trigo y soja con tolerancia a sequía). Son transferidos con una deuda neta de US$101 millones Y hemos recibido más de US$370 millones por estos activos.

—¿En base a qué se valora una empresa como Bioceres?

—El gran patrimonio son sus patentes, tiene 217 patentes internacionales. El hb4, el gen resistente a la sequía y a suelos salinos, es otro valor de Bioceres y un rasgo de la vinculación con el Conicet a través de su brazo tecnológico. El gen fue desarrollado por Raquel Chan en la Universidad del Litoral, expresando la integración del sector científico con el sector empresario, con un gran colectivo de accionistas que apostaron a la tecnología vegetal en la Argentina y que buscan la proyección internacional.

—Tienen también alianzas con industriales para elaborar enzimas…

— Bioceres utiliza a las plantas como fábricas de proteínas, como la quimosina que se usa en la fabricación de un queso que antes se obtenía por vía fermentativa y ahora clonando una semilla de cártamo se extrae la quimosina. Bioceres se unió con Porta Hermanos y está en plena producción.

 

—Antes de esta salida a la bolsa, Bioceres compró Rizobacter, dedicada a la protección de las semillas…

—La red comercial de Rizobacter es más experta que la de Bioceres y la investigación de Bioceres es más fuerte que la de Rizobacter. Parte de la salida a la bolsa es para pagar el crédito para comprar Rizobacter. Los accionistas no van a tomar un peso. Vamos a adquirir 30% más de Rizobacter, para llegar al 80% del capital (unos US$50 millones), y con el resto bajaremos deuda. Bioceres Crop Solutions tiene planificado aumentar sus ventas de los US$135 millones actuales a más de US$400millones en los próximos 3 a 5 años.

—¿Cómo?

—Vamos a lanzar soja y trigo con tecnología hb4 de resistencia a la sequía. Aumentaremos la capacidad instalada en nuestra planta de fertilizantes microgranulados y vamos a impulsar ventas a nivel internacional, con las subsidiarias que tenemos operativas en 9 países que vienen creciendo tres veces más que en Argentina.

—¿Por qué se invierte tan poco en innovación? ¿Dónde está la falla?

—En el país se invierte 0,6% del PBI y esa inversión es realizada en un 85% por el Estado. Cuando se habla de competitividad es razonable lo que plantean los economistas cuando mencionan impuestos, costos laborales, etc. Pero un país es competitivo cuando su patrimonio tecnológico ha sido puesto en proyectos diferenciados. Y para que el patrimonio tecnológico exista, hace falta una unión entre el sector científico y el empresario. Esa conjunción es débil porque la inversión aún es pequeña. Corea del Sur invierte 4,3% del PBI e Israel 4,1% en ciencia y tecnología, Argentina tiene 1.100 investigadores por cada millón de habitantes. Israel 8.300 y los países nórdicos y Japón, 8.000. Australia invierte el 2,2% en investigación y posee 4.000 investigadores por millón de habitante. Nuestra situación es regular. En esos países la inversión viene del privado en forma indirecta porque el sector público lo ayuda con soportes fiscales.

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